<p><span class=El colibrí: mensajero con alas 

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El colibrí: mensajero con alas 

 

¿Quién no se ha detenido a contemplar el vuelo de un colibrí? ¿Cuántas veces nos hemos asombrado ante sus majestuosos colores, su agitado esfuerzo y su minúsculo tamaño? 

Desde la época prehispánica, los colibríes han maravillado a la humanidad y en el imaginario mexicano su visita significa una señal de buen augurio. En esta ocasión, veremos algunas leyendas relacionadas a esta especie, datos curiosos sobre ellos y la importancia de su preservación. 

Los colibríes: especie amenazada 

Conocidos coloquialmente como chupamirtos, chuparrosas, chupamiel, picaflor o zumbador, los colibríes se agrupan en la familia Trochilidae, del griego trochilos, que significa “pico grande”. Esta familia es nativa y endémica de América y contiene alrededor de 340 especies de colibríes, de las cuales 57 de ellas se encuentran México. En Estados Unidos, viven 15 especies, mientras que en Canadá solamente 5 habitan durante el verano. 

Los colibríes tienen la migración más larga de todas las aves del mundo, de acuerdo con la proporción de su tamaño. Es posible que el colibrí que veas en tu jardín un día de otoño haya sido el mismo que vio una familia en Canadá durante la primavera. 

La gran belleza de los destellos de su plumaje hacen que sean una de las especies más amenazadas en el mundo. Más de 20 variedades que sólo habitan en México están en peligro de extinción. Además, han sido incluidas en las listas de la Convención Internacional sobre el Comercio y Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestre. 

Curiosidades sobre su anatomía 

Estas pequeñas aves, que pesan entre 1.6 y 24 gramos, son únicas en el reino animal en muchos sentidos. Está, en primera instancia, su diminuto tamaño, que se relaciona directamente con su forma de vida, son de las aves más pequeñas del mundo. Entre más pequeña es la especie, más grande es la proporción entre la superficie de su cuerpo y su masa, por ende, la pérdida de calor se acelera y con ello su metabolismo es más alto. 

Como otros animales de sangre caliente, los colibríes mantienen su temperatura alrededor de los 41 °C (la nuestra es de 37 grados). Para lograr esta temperatura, necesitan comidas frecuentes, aproximadamente cada 10 minutos, y principalmente se alimenta del néctar de las flores y de pequeños insectos. Cuando el alimento es escaso o cuando duermen, los colibríes entrar en estado de torpor, es decir, su temperatura disminuye y su metabolismo “se apaga”. 

Los colibríes son las únicas aves que pueden volar hacia adelante, hacia atrás, de cabeza y en un mismo sitio. Sus alas son capaces de rotar 180° en cualquier dirección y batirlas 70 veces por segundo en un vuelo normal y hasta 200 veces por segundo cuando se aceleran. Su velocidad de vuelo alcanza entre los 40 a 50 kilómetros por hora y hasta los 90 kilómetros cuando vuelan con prontitud. 

La iridiscencia de su plumaje 

Como otras aves, los colibríes tienen plumas iridiscentes, los colores cambian según el ángulo de iluminación y de reflexión. Su coloración proviene de pigmentos y de la estructura de las plumas. En la mitad de las especies de la familia, los machos tienen colores llamativos, en un 25 %, tanto hembras como machos tienen colores atrayentes, y en el 25 % restante, ninguno de los dos posee esta iridiscencia. 

En el México prehispánico, dada la belleza de las plumas del colibrí, éstas se usaban, junto con las de otras especies como pericos, quetzales, garzas y guacamayas, para confeccionar preciosos y exclusivos objetos como escudos, capas y vestimenta, para las élites gobernantes. Aunque en las crónicas no se detallan cuántas plumas eran necesarias para elaborar cierto ropaje, se podrían contabilizar varios cientos de colibríes en este proceso. 

Leyendas sobre el colibrí 

Los colibríes forman parte importante de las culturas indígenas del continente americano y en muchas de ellas su función es la de ser un mensajero.  

Una leyenda maya cuenta que cuando los dioses crearon todas las cosas de la Tierra. A cada animal, árbol y piedra le asignaron un trabajo, pero al terminar se dieron cuenta que a nadie le habían encargado llevar los deseos y pensamientos de un lugar a otro. Dado que ya no tenían barro ni maíz para hacer otro animal, tomaron una piedra de jade y tallaron una flecha muy chiquita. Los dioses habían creado al x’tsunu’um, el colibrí, que se encarga de llevar los pensamientos de las personas. 

Entre los mojave del río Colorado, se cuenta que el colibrí sacó a la humanidad del oscuro sitio bajo tierra donde vivían y algo semejante se narra en la cultura azteca, la cual salió de Chicomostoc, lugar de las siete cuevas, guiados por Tecpatzin y Huitzilin. Este último se convertiría en el principal dios de los mexicas, Huitzilopochtli, el colibrí zurdo o colibrí del sur, quien los llevó peregrinando desde Aztlán hasta Tenochtitlan. 

Desde tiempos coloniales y hasta nuestros días, los colibríes disecados se han utilizado como amuletos para conseguir favoreces amorosos, de ahí que su venta en mercados populares continúe siendo una práctica común. En los últimos años, se ha difundido la creencia de que los colibríes constituyen las almas de los seres queridos que han muerto y que de alguna manera quieren reencontrarse con nosotros. 

Además de las características ya mencionadas y de la belleza de esta familia, los colibríes tienen una gran importancia ecológica, ya que aportan en la conservación de los ecosistemas al ser una especia polinizadora. 

Si bien es cierto que estas aves van a todos lados, pueden comer en tu jardín y en los bebederos especiales que preparas para ellos, también es verdad que necesitan de su hábitat natural para reproducirse. Por ello, es vital conservar su entorno y fomentar el cuidado de esta especie que nos ha traído mensajes desde el más allá. 

Por Gabriela Sánchez Ibarra

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