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“La guerra de los huesos”: la sorprendente disputa por descubrir  fósiles de dinosaurios

“La guerra de los huesos” comenzó en el Berlín de 1863, donde dos científicos norteamericanos se encontraron y descubrieron que compartían un gran amor por la paleontología. Lo que pudo haber cristalizado en una increíble y científica amistad se transformó en una de las grandes rivalidades científicas de la época. 

Los protagonistas: Othniel C. Marsh y Edward Drinker Cope 

Othniel C. Marsh nació en Nueva York en 1831. En 1861, entró a la universidad de Yale y no saldría de ahí hasta su muerte    en 1899. Se convirtió en el primer profesor de Paleontología en Estados Unidos y publicó cientos de artículos, donde describiría otros cientos de especies nuevas, no sólo dinosaurios, sino también aves y mamíferos prehistóricos. 

Othniel C. Marsh / Enciclopedia Británica
Othniel C. Marsh / Enciclopedia Británica

Por su parte, Edward Drinker Cope nació en Filadelfia en 1840. Dedicó mucho tiempo al trabajo de campo como geólogo y paleontólogo, además de impartir clases de zoología comparada y botánica. Hasta el día de hoy, se le reconoce por ser de los primeros científicos en arrojar luz sobre el periodo comprendido entre la extinción de los dinosaurios hace 66 millones de años y la aparición de los seres humanos. 

En 1863, Cope estaba en Berlín formando conexiones científicas y, probablemente, huyendo del reclutamiento para la Guerra Civil, que llevaba dos años de haber comenzado. Marsh estudiaba en Berlín, y después de conocer a su compatriota, colaboraron por unos cinco años hasta que ocurrió la tragedia. 

Edward Drinker Cope / Enciclopedia Británica
Edward Drinker Cope / Enciclopedia Británica

¿Cómo comenzó la “guerra de los huesos”? 

Elasmosaurus fue un reptil marino que vivió durante el cretácico, a la par de los dinosaurios, pero en el agua. La forma de su cuerpo era muy característica: un cuerpo grueso impulsado por cuatro aletas, con una cola corta y un cuello bastante largo, de unos siete metros de largo. Cope reconstruyó el fósil y le mostró el resultado a su entonces amigo Marsh, quien le señaló que había colocado la cabeza en el extremo equivocado, o sea, en la cola. 

Saber ese tipo de cosas es sencillo si aplicamos una disciplina llamada anatomía comparada, cuyo principio básico dice que la forma y función de las estructuras esqueléticas parecidas entre diferentes especies tiende a ser la misma. Y Marsh sabía que las vértebras caudales no solían ser las que sostenían la cabeza.  

Si tuviéramos una máquina del tiempo para viajar al siglo XIX y entrevistar a los científicos, escucharíamos dos versiones totalmente distintas: Marsh diría que corrigió amablemente el error, Cope diría que su colega fue grosero y no dejó de señalar su pifia.  

Elasmosaurus
Elasmosaurus

 La guerra por “descubrir” fósiles 

El Oeste era un territorio casi desconocido para la ciencia, aunque ya había una serie de líneas férreas y grandes ciudades al final del camino, como San Francisco, la porción central      del país era no sólo territorio inexplorado, sino en disputa entre el ejército y los nativos americanos. Las expediciones de Cope y Marsh no sólo se componían de animales de carga, carretas       y guías, sino que también llevaban escoltas armadas, muchas veces soldados de los puestos que visitaban a lo largo de la vía. 

Después del evento del cráneo mal ubicado, la relación entre los dos científicos se había enturbiado, pero ambos tenían la mira —científica— puesta en el Oeste. Sus expediciones coincidían constantemente en el campo y, en ocasiones, los equipos se podían ver de una cima a la otra. Aprovechándose de eso, el equipo de Marsh sembró fósiles de distintos animales con la intención de que Cope lo desenterrara, creando una especie falsa, que tardaría más de veinte años en ser desvelada como un fraude. 

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El conflicto entre estos dos hombres se extendió por treinta años y no se limitó a sembrar huesos para destruir la reputación del rival, se enviaban espías entre ellos para saber cuál sería la siguiente cantera que iban a explorar y llegar ellos primero; sobornaban a personas que trabajaba con su contrincante; y sus equipos de trabajo llegaron a enfrentarse directamente. Pero nada se compararía con lo vergonzoso y potencialmente dañino, tanto para las personas como para el conocimiento científico, que fue la destrucción con dinamita de las canteras para evitar que el otro lo desenterrara. 

Consecuencias para la paleontología 

La guerra de los huesos tuvo un saldo agridulce. Si bien se descubrieron muchas especies de dinosaurios como Triceratops, Stegosaurus y Allosaurus, además de haber dado los primeros pasos hacia la dinomanía como la conocemos hoy, hubo muchas descripciones falsas y destrucción deliberada de registro fósil. Por momentos, parecía que la ciencia jugaba un papel poco importante en medio de esta lucha de egos. La imagen de la paleontología en Estados Unidos quedó muy dañada y tuvieron que pasar muchos años para depurar de los listados decenas de especies repetidas que resultaron del conflicto.  

La guerra de los huesos fue un episodio gris en la historia de la paleontología, muy interesante de estudiar tanto por su contexto histórico como por el hecho de que, en medio de tan feroz competencia, hubo un par de cosas buenas. La lección que nos deja este conflicto: se hace mejor ciencia cuando es una aventura cooperativa. 

Por Amílcar Amaya

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