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El licántropo u hombre lobo, un clásico que no pasa de moda

Aun el hombre que es puro de corazón y dice sus oraciones de noche se convertirá en lobo cuando florezca el acónito y brille la luna de otoño. 

George Waggner (1941). 

El licántropo u hombre lobo, uno de los seres fantásticos más enigmáticos y atractivos que, a pesar del paso del tiempo, se mantiene, junto al vampiro, y se ha perpetuado en la cultura popular.  

Recientemente, la figura del licántropo fue retomada en la serie La orden secreta (2020), que aun con ciertas variantes mantiene rasgos que son muy particulares del tema de la licantropía.   

Esto es importante, si consideramos que en ocasiones el retomar estos personajes el resultado no siempre es exitoso, ya que se corre el riesgo de caer en ciertos clichés que pueden llevarnos a decir “es una película más de hombres lobo”; sin embargo, la serie conserva en esencia los aspectos que definen la naturaleza de este monstruo. 

El hombre lobo en la cultura popular 

En este sentido, haremos una breve recuperación de la presencia de los hombres lobo en la cultura popular; recordemos que el término licántropo proviene del griego lýkos (“lobo”) y άνθρωπος (antropos; “hombre”), de ahí que se nombre de esa manera a los humanos que se transforman en hombres lobo, ya sea por una maldición o por la mordedura de otro licántropo.  

Uno de los primeros en tratar este tema es Ovidio en sus Metamorfosis, donde nos cuenta la historia del rey Licaón y del castigo que recibió por parte de Zeus al haber intentado poner a prueba su divinidad.  

Asimismo, una fuente más antigua, la Biblia, nos presenta un caso similar en la transformación del rey Nabucodonosor. Con el paso de los años, la tradición fue añadiendo características diferentes a los procesos de transformación. En ocasiones, bastaba con untarse algún tipo de bálsamo mágico o ponerse la piel de un lobo para que la persona se convirtiera en hombre lobo, al menos así nos lo presenta el escritor romano Petronio en su Satiricón. 

El mito del hombre lobo 

El mito se mantuvo vivo durante toda la Edad Media, incluso la figura del licántropo se asoció a ciertos personajes históricos por la naturaleza sanguinaria de sus actos; por ejemplo, el caso de Gilles de Rais, mejor conocido como Barbazul, que masacraba jóvenes para luego degustar su carne.   

Quizá te sorprendería saber que, durante esta época, los juicios por licantropía eran casi tan numerosos como el de las mujeres acusadas de brujería. Un caso así fue descrito por el sacerdote Sabine Baring-Gould que, en el siglo XIX, escribió un texto titulado El libro de los hombres lobo. Información sobre una superstición terrible.   

En este libro, incluyó el caso del joven Jean Grenier que, en 1603, se declaró culpable de asesinar menores y canibalizar sus restos, tras una serie de ataques en el sur de Francia, aunque en honor a la verdad, debemos aclarar que Grenier era un chico que, de acuerdo con la descripción de los archivos inquisitoriales, padecía de ciertas deficiencias intelectuales. Este tipo de acusaciones era muy común entre los siglos XV y XVI, por el alto índice de ataques de lobos a las comunidades aisladas de Europa.  

La fascinación por el hombre lobo deriva de la asociación con lo que simboliza, con la parte animal del ser humano. El hombre experimenta un componente bestial dentro de sí, susceptible de determinar actos no conscientes en determinadas circunstancias de ahí el pánico a sí mismo.   

Los licántropos en el cine  

Por eso, en la mayoría de los casos que nos presenta el cine, el hombre no recuerda las atrocidades que ha cometido, ya que en el momento de la transformación pierde por completo su capacidad racional y actúa sólo por instinto; eso lo lleva a vivir una catarsis al descubrir los horrores que ha cometido, pues al darse cuenta de lo que ha hecho maldice su propia condición, aún más si ha asesinado a algún ser querido, como le sucede a Van Helsing al descubrir que mató involuntariamente a Ana Valerius. 

El licántropo comparte con el vampiro la capacidad de transformarse, de esconder su naturaleza monstruosa tras la máscara de personas normales; sin embargo, el hombre lobo, a diferencia del vampiro, no controla esa capacidad: su transformación está regida por cada noche de luna llena, este rasgo ha sido muy común en las producciones cinematográficas baste como muestra El hombre lobo (2010) protagonizada por Benicio del Toro y que es además un homenaje a la primera versión de 1941.  

En esta producción, podemos observar también el dilema moral al que se enfrenta la protagonista Gwen Conliffe (Emily Blunt), cuando tiene que decidir si matar o no a Lawrence y que algo recurrente en este tipo de obras, reconocer que para matar al monstruo será necesario matar también al humano y se evidencia con la pregunta con la que cierra la película: “¿Dónde empieza el monstruo y comienza el humano?”. 

Hombres lobo contra los vampiros  

Vale la pena señalar que al vampiro se le es permitido convertirse en lobo, murciélago o rata para disfrazarse, es él quien elige su forma, mientras que al licántropo no.  

Vicente Quirarte señala sobre el hombre lobo que

“los espejos lo aceptan, pero él prefiere no ser testigo de su condición de bestia. […] El hombre lobo no tiene más traje que el de lobo. Si la posibilidad de convertirse en vampiro es terrible, pero al mismo tiempo seductora, el licántropo sufre su condición dual: su fuerza reside exclusivamente en su potencia física, en el vigor proporcional de la fiera que le otorga sus cualidades”.  

Otro aspecto importante es la actitud compasiva que el hombre lobo tiene para sí mismo.  Podemos pensar que el hombre lobo tradicional, asume su papel de estar maldito y lo lamenta, no cuenta con el refinamiento del vampiro porque su personalidad se acerca más al salvajismo.   

El hombre lobo es uno de los personaje más complejos que han perdurado en la cultura y en las artes a través de los siglos. El hombre lobo se vuelve inmortal, porque lo mantenemos vivo en la memoria colectiva de la cultura, existirá cada vez que recordemos sus historias y las contemos generación tras generación. Ése es el secreto, ése es el secreto de su monstruosa inmortalidad. 

Por David Jiménez Ixta 

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